Internacional

“Sarajevo Safari”: caza de civiles en Bosnia y la causa judicial que expone una red de impunidad internacional

Durante la guerra de Bosnia (1992 – 1996), la ciudad de Sarajevo fue escenario de un horror que excede incluso los relatos bélicos más extremos y que se asemeja más a los relatos de las películas de terror. Además del asedio y los bombardeos, existen denuncias sobre los llamados “safaris humanos”: extranjeros occidentales, poderosos y adinerados, que pagaban paquetes turísticos para disparar contra civiles desarmados desde posiciones serbobosnias ubicadas en las colinas que rodeaban la ciudad.

Una cacería organizada en plena guerra

Según la investigación del periodista y escritor italiano Ezio Gavazzeni, estos safaris se organizaban como verdaderos tours de fin de semana. Los participantes eran trasladados desde Trieste, Italia, hasta Belgrado en una aerolínea bosnia hoy inexistente, y luego conducidos a posiciones estratégicas desde donde actuaban como francotiradores. El blanco principal eran personas que transitaban la conocida “Avenida de los Francotiradores”, uno de los puntos más peligrosos del asedio.

Los participantes, en su mayoría hombres de extrema derecha, aficionados a las armas y provenientes de distintos países occidentales, pagaban entre 80.000 y 100.000 euros por fin de semana. Existía incluso una lista de precios según el “objetivo”: las niñeces eran los más caros, seguidos por hombres, mujeres y personas ancianas.

Se estima que alrededor de 11.000 personas murieron en Sarajevo durante esos cinco años. Aún se investiga cuántas de esas víctimas fueron asesinadas en el marco de estos safaris humanos, ejecutados por francotiradores que mataban por diversión.

Personas corren a refugiarse para evitar el fuego de los francotiradores serbios en Sarajevo. Marzo 1993 – Chris Helgren/Reuters

La causa judicial en Italia

Durante años, los tribunales de Bosnia sostuvieron que no existían pruebas suficientes y calificaron las denuncias como rumores. Sin embargo, Gavazzeni persistió y reunió testimonios y documentación que hoy sostienen una causa judicial de alto impacto.

La Fiscalía de Milán, a cargo del fiscal Alessandro Gobbis, abrió una investigación por homicidio voluntario múltiple con agravantes de crueldad y motivos abyectos, un delito que no prescribe en el ordenamiento jurídico italiano. La denuncia fue presentada por Gavazzeni junto a los abogados Nicola Brigida y Guido Salvini, y los hechos también podrían encuadrarse como crímenes de guerra.

La fiscalía italiana solicitó cooperación judicial a Bosnia y Herzegovina. Desde el gobierno bosnio, a través de su consulado en Milán, confirmaron públicamente su disposición a colaborar y aportar información relevante. Ya se identificaron varios sospechosos, incluidos ciudadanos italianos, y testigos clave, entre ellos un exagente de los servicios secretos bosnios que declaró haber informado sobre estos safaris en 1993.
La investigación despertó interés internacional y derivó en denuncias similares en otros países, como Bélgica. También volvió a cobrar relevancia el documental Sarajevo Safari (2022), del director esloveno Miran Zupancic, que expone estos hechos y generó fuerte conmoción en la opinión pública.

Dos mujeres cruzan una calle a la carrera, por miedo a los francotiradores. Registros de guerra, sin fecha – AFP / Pierre Verdy

Memoria, impunidad y responsabilidad estatal

Estos hechos no pueden leerse como excesos aislados de individuos sádicos. Revelan la existencia de una red de complicidades políticas, militares y económicas que permitió convertir una guerra en un negocio de muerte. Estados que habilitaron vuelos, fronteras y silencios institucionales fueron parte del engranaje que sostuvo estos crímenes. La deshumanización del “otro”, legitimada por el racismo y el poder del dinero, operó como condición de posibilidad para que civiles indefensos se transformaran en blancos recreativos.

En este sentido, los safaris humanos encarnan lo que la antropóloga Rita Segato define como una pedagogía de la crueldad: prácticas sistemáticas que enseñan a no sentir, a convertir la vida ajena en objeto y a naturalizar la violencia extrema como forma de poder y entretenimiento.

Que, a casi treinta años, solo Italia haya avanzado judicialmente expone el fracaso de la justicia internacional y la persistencia de la impunidad en Europa. La causa no solo busca condenar a los responsables directos, sino también interpelar a los Estados que avalaron, encubrieron o negaron estos hechos. Sin verdad, memoria y justicia, esa pedagogía no se desactiva: la violencia extrema no queda en el pasado, se recicla, se normaliza y vuelve a repetirse.

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