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Madres de todes. Memoria, dictadura y neoliberalismo – 10º Entrega

Por Ignacio Morán*

La expresión popular señala que todos los caminos llevan a Roma, este viejo refrán contiene una referencia histórica: la memoria universal de un imperio vasto y poderoso. También podríamos buscar una analogía más poética, más propia, y decir que todas las vertientes bajan al río. A veces pienso en esto mientras miro la tele o las redes sociales: ¿A dónde va este mundo tan loco? ¿A dónde nos lleva? O mejor, ¿Cómo llegamos hasta acá? La memoria es una buena herramienta para abordar estas preguntas, para reflexionar sobre todo lo que sucede mientras vivimos. Comprender el pasado para poder actuar en el presente y construir nuestro futuro deseado, esa sería la idea base, el desafío.

La semana pasada trabajamos sobre la memoria y la última dictadura cívico-militar en la escuela, en un curso de secundaria. Estudiamos conceptos como golpes de Estado, democracia, derechos humanos, represión y censura. También hablamos sobre el terrorismo de Estado y cómo los militares secuestraron militantes, trabajadores, estudiantes y bebés. Nos informamos sobre la existencia de espacios de tortura y detención, sobre los vuelos de la muerte y los dispositivos clandestinos de exterminio. Audazmente, uno de los estudiantes me hizo una pregunta tan simple como incisiva: “¿Por qué los militares hicieron todo eso?”, dijo, mientras bajaba la mano que antes había levantado para hablar. Esa es la pregunta que importa, la que tira del hilo, la que es difícil de responder.

En 1977, en su Carta abierta a la Junta Militar, Rodolfo Walsh señalaba:

“La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años.

El primer aniversario de esta Junta Militar ha motivado un balance de la acción de gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades. (…)

De este modo han despojado ustedes a la tortura de su límite en el tiempo. Como el detenido no existe, no hay posibilidad de presentarlo al juez en diez días según manda una ley que fue respetada aún en las cumbres represivas de anteriores dictaduras.

La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparece en los testimonios junto con la picana y el «submarino», el soplete de las actualizaciones contemporáneas.

Mediante sucesivas concesiones al supuesto de que el fin de exterminar a la guerrilla justifica todos los medios que usan, han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal, metafísica en la medida que el fin original de obtener información se extravía en las mentes perturbadas que la administran para ceder al impulso de machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido. (…)

 Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada.”

Detrás de la infamia humana a la que recurrió la dictadura para intentar exterminar y quebrar la voluntad popular (encarnada en cuerpos de hombres, mujeres y niñes) se esconde un motivo estructural: la instauración de un modelo económico que privilegia a las pequeñas minorías nacionales y a las potencias mundiales. Bajo la Doctrina de Seguridad Nacional y la Escuela de las Américas, el autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional” se alineó con Estados Unidos para entregar los recursos naturales, destruir la industria nacional, arrojar a gran parte de la población a la pobreza y endeudar al país. Cuando escribía esta última enumeración, intentando condensar eso a lo que Rodolfo Walsh llamó “miseria planificada”, me despisté y no supe si realmente estaba hablando de la década de 70 o de la actualidad. A veces los contextos se asemejan y se confunden. Para eso está la memoria, esa especie de cicatriz que arde con la humedad, cuando el mal tiempo nos hace recordar los accidentes del pasado. La dictadura terminó en 1983, el neoliberalismo no.

Las Madres de Plaza de Mayo, esas señoras que se dirigieron de la casa a la plaza para buscar a sus hijos/as secuestrados/as, nacieron a partir de la brutalidad de la dictadura, de su faceta represiva. Como eran muchas, al igual que los/as desaparecidos/as, decidieron ponerse un pañal (que después se transformó en pañuelo) en la cabeza para identificarse. Recorrieron los diferentes espacios públicos exigiendo respuestas por parte del Estado, pero el Estado calló, no podía confesar que había torturado y asesinado a sus hijos e hijas. En el pañuelo, que desde ese momento fue su símbolo, bordaron los nombres de los hijos e hijas que buscaban. Pero, con el tiempo, las esperanzas se fueron diluyendo y la consigna “aparición con vida” se fue desvaneciendo. “Queremos saber qué les hicieron” gritaba una madre en 1978, mientras era entrevistada por un periodista holandés que había venido a cubrir el mundial. La experiencia le enseñó a las Madres que la lucha debía ser colectiva, que no había víctimas individuales del terrorismo de Estado. Fue entonces cuando desbordaron los pañuelos para asumirse como “Madres de los 30.000”. La memoria es así, opera sobre nuestros presentes, nos interpela y nos transforma. No es un recuerdo nostálgico, más bien es un motor que impulsa una búsqueda interminable.

La historia continuó y el neoliberalismo prosperó, avanzó como lo hace el fuego cuando come bosques y montes enteros, sin reparar en nada ni en nadie. El 2001 fue el colapso, el límite que la sociedad le puso a sus gobernantes. “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, fue un diciembre de lucha y de dolor. El hambre y la represión policial hicieron que más corazones se detuvieran, que más madres lloraran por sus hijos e hijas y que la sangre de un pueblo volviera a hervir ante la injusticia. Las Madres de Plaza de Mayo comprendieron que su lucha era contra el neoliberalismo y contra la miseria planificada. Fue entonces cuando las Madres asumieron un nuevo desafío político, reinventando su consigna para anunciarse como Madres de todos, abrazando a todas las víctimas de un sistema que no solo asesina con balas.

Hoy en día, en un contexto en donde se reivindica la desigualdad y el surgimiento de nuevos líderes fascistas en nombre de la libertad, es necesario que la cicatriz de la memoria arda una vez más para ponerle freno a la miseria planificada. Todos los caminos del neoliberalismo llevan a un mismo lugar: a la injusticia. Este es tiempo de lucha y memoria: “el terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror.” (R. Walsh).

*Ignacio Morán nació en Olavarría, Prov. de Bs As en 1991. Realizó sus estudios terciarios y universitarios en la ciudad de La Plata y hace tres años se radicó en Nogolí, San Luis. Es gestor cultural, comunicador popular y profesor en Combinación. Se desempeña laboralmente como docente de nivel secundario y es escritor aficionado.

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