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La bandera de la resistencia: Mabel Becerra y el trunco disciplinamiento de Claudio Poggi

Terminó la jornada laboral de la mañana. Mabel Becerra ya está en su casa y sigue dando notas luego de una semana de intenso trabajo y de mucha exposición.

Ella es profesora de Nivel Inicial con 34 años de servicio en Villa Mercedes, y mientras se acomoda para una charla virtual con La Bulla detalla que no está cansada de trabajar, está cansada de que le digan cómo hacerlo, cuándo callarse y, sobre todo, cómo vestirse para reclamar lo que le deben.

Lo que hizo el 28 de mayo no fue extraordinario para quien lleva décadas enseñando que la democracia se construye todos los días. Levantó una bandera. Decía: «Somos indigentes». Y eso, en la provincia de Claudio Poggi —quien declaró 2026 como el año de la educación y dedicó más del 60% de su discurso de apertura de sesiones lesgilativas a hablar de ella—, resultó intolerable.

Una sanción que se llama miedo

La respuesta del sistema no tardó. La dirección de su escuela N° 176 “Maestra Nélida Esther Pérez de Ferrer” de Villa Mercedes la convocó y le labró un acta. Pero Mabel fue al descargo sin bajar la cabeza. Ella misma lo cuenta:
«Le digo: ‘acá no minimicés ni me suavicés las palabras ni me las disfracés. Vos junto con la regente han tomado la decisión de sancionarme por levantar una bandera'».

El acta, según relata, la acusaba de desatender a les menores a su cargo y de poner en riesgo el buen nombre de la institución. El subtexto era claro: maestras como vos son un peligro. La presunta peligrosidad de Mabel consiste en nombrar lo que el gobierno provincial prefiere mantener en silencio y es que les trabajadores docentes que dependen del Estado, están por debajo de la línea de pobreza.

Lo paradójico —o quizás lo sintomático— es que Mabel ya presentó sus papeles de jubilación. Está esperando la notificación. Se retira en pocos meses. Y aun así, el aparato disciplinador se activó. La pregunta que ella misma le hizo al director no tiene respuesta razonable: «¿Qué sentido tiene que hagas esto?». El sentido, claro, no es pedagógico. Es político.

Los números que el gobierno no quiere nombrar

Después de una mañana entera en el aula, con les niñes, con sus compañeras, con las cuentas que no cierran, Mabel abre los números sin vueltas:

«Tengo 34 años de servicio. Me faltan casi 300.000 pesos para cubrir el costo de la canasta básica. Estoy 20% por debajo de la línea de pobreza y de la indigencia».

Y cuando se jubile, la situación empeorará. Cobra 380.000 pesos en sumas  no remunerativas, que no aportan a la jubilación, lo que significa que su haber previsional será aún más bajo que el salario actual. Mientras tanto, el gobierno de Poggi entregó un bono de 300.000 pesos. La respuesta de Mabel es precisa:

«Nos dio 300.000 pesos de bono cuando me ha robado ya 7 millones de pesos. Y con esos 300.000 pesos, ¿a dónde vas al supermercado? Ni llenás un carrito. Todo es una burla, te subestiman».

Desde que Poggi asumió en diciembre de 2023, Mabel calcula que perdió casi 7 millones de pesos en poder adquisitivo. No son cifras abstractas: son remedios, útiles, comida, dignidad.

Paulo Freire y el guardapolvo político

Cuando desde los medios oficiales y desde los comentarios en redes la acusaron de «hacer política» y de ser peronista —como si eso fuera un insulto o una inhabilitación—, Mabel respondió con pedagogía. No con consignas: con pedagogía.

«Paulo Freire nos dijo a los docentes que nuestro oficio es político. La herramienta más política que tiene una sociedad es la educación, es la escuela pública. Sería un deshonor ser docente y no tener una posición política».

El intento de deslegitimar su protesta por su filiación política revela una operación conocida. Y es la de atacar al mensajero para no discutir el mensaje. Mabel lo identifica sin rodeos. Y va más lejos, trazando una línea histórica que incomoda precisamente porque es verdadera:

«Esto es peligroso porque así se empezó previamente para llegar a la dictadura. Y en la dictadura los compañeros que eran maestros y maestras perdieron la vida, fueron secuestrados, torturados, violados. Nunca dudaron en sacarse el guardapolvo para hacer un reclamo. Yo ahora me voy a negar en sacarme el guardapolvo. Están muy equivocados».

La comparación alude a la  memoria histórica de nuestro país. Es la advertencia de alguien que conoce de qué madera están hechos ciertos silencios obligados.

Poggi, Milei y el manual del disciplinamiento

El gobierno de Claudio Poggi, alineado a La Libertad Avanza de Javier Milei, lleva adelante una doble operación: por un lado, anuncia con bombos que la educación es prioridad; por otro, recorta, precariza, y sanciona a quienes denuncian esa contradicción.

«El lenguaje pasivo agresivo que tiene el gobernador también se traslada a las conducciones escolares. Los directivos están presionando a los compañeros para que apliquen tal programa, para que se callen. Días previos a que el gobernador nos visite ya te empiezan a calentar la oreja de que cuidado, que por favor, que no es el momento, que no es el lugar. Recuerden que tienen el guardapolvo».

El guardapolvo como mordaza. El uniforme de trabajo convertido en instrumento de control. En ese contexto, la declaración del gobernador —que en junio no habrá aumento salarial— llega como confirmación de lo que Mabel ya sabía: el disciplinamiento no es un exceso, es una política.

Pero Mabel no habla solo de sí misma. Habla de las compañeras del plan de inclusión que limpian hospitales y escuelas durante siete horas por 400.000 pesos, sin aportes jubilatorios, sin posibilidad real de protestar:

«Si dicen algo, enseguida las sacan. Y cuando las sacan, el informe que les ponen es que son muy problemáticas. Nadie le ha puesto voz a esas compañeras. Ellas no pueden, sinceramente no pueden».

Son, en su mayoría, mujeres. Como el nivel inicial, donde el 100% de les docentes son mujeres. Como tantos sectores del cuidado y la educación que el Estado precariza con una sistematicidad que no es casualidad: es estructura.

Que sepa Poggi que no anda sola

Luego de la viralización de la sanción, el teléfono de Mabel no paró. Se comunicaron con ella Miguel Arrieta de ASDE, Soledad Correa Amioti de UTEP, el Chino Peralta, Diego Escriboni y Fernando Gatica de ATE, quien le ofreció el equipo de abogades del sindicato. El apoyo es lectura política de lo que está en juego.

Mabel lo dice con claridad:
«Si dejamos pasar esto, van a seguir avanzando. Se viene más cruel la cosa».

Y aun así, reconoce el peso que tiene el cuerpo cuando se decide alzar la voz. El día después de la sanción, estaba agotada. No quería responder mensajes. Pero los mensajes llegaron igual —de colegas, de vecinas, de desconocides— y eso, dice, le llenó el alma.

Mabel Becerra se va a jubilar en unos meses con un salario que ella misma llama «miserable». La provincia le debe millones. La sancionaron por decirlo con una bandera. Y aun así, al terminar la entrevista, su mensaje no es de derrota:

«Si somos docentes y tenemos el guardapolvo, tenemos una gran responsabilidad política de visibilizar las injusticias, no solo por los niños, sino por nosotras.» La frase es de Mabel, pero la pregunta que la acompaña la hace una compañera y vale para todas: «¿Y quién nos cuida a nosotras? ¿Quién cuida nuestro cuerpo? ¿Cómo nos sentimos en estos momentos?» Nadie, dice Mabel. Ni siquiera entre compañeras ha sido fácil cuidarse, porque el miedo y el disciplinamiento también rompieron lazos. Pero algo se movió con la bandera. Algo se está volviendo a anudar.

Que lo sepa Claudio Poggi: Mabel no estuvo sola cuando la levantó, y no está sola ahora. Detrás hay docentes, trabajadoras, organizaciones y una sociedad que entiende que hacer política no es solo portar los colores de un partido. Quienes quieren una sociedad más justa hacen política todos los días, en cada aula, en cada escuela, en cada reclamo que se niegan a silenciar.

El guardapolvo sigue puesto. La bandera, levantada. El gobierno provincial —autoritario y temeroso — intentó enviar un mensaje al resto de la docencia y es que la disidencia tiene costo. Mabel Becerra eligió pagarlo igual. Porque sabe, y lo dice con la convicción de 34 años frente a un aula, que más temprano que tarde la docencia puntana volverá a dar cátedra sobre lo que mejor sabe enseñar: lucha, dignidad y derechos para la clase trabajadora.

Acá, la entrevista completa:

 

 

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