Feminismos

Alejandra Ciriza: “Estamos en un tiempo de revancha patriarcal”

En un escenario signado por crisis superpuestas -económicas, políticas, tecnológicas y ecológicas-, el curso de posgrado “Desafíos, avances y retrocesos en tiempos de crisis capitalista y revancha patriarcal”, realizado entre el 8 y el 11 de abril, se constituyó como un espacio de producción colectiva de pensamiento crítico. La propuesta, de carácter presencial, estuvo a cargo de Alejandra Ciriza, cuya trayectoria articula la filosofía política, los feminismos materialistas y la militancia en derechos humanos.

Ciriza, quien se define como feminista y militante de DD.HH, ha desarrollado una obra que insiste en pensar el patriarcado no como un sistema aislado, sino en su imbricación estructural con el capitalismo y el colonialismo.

En diálogo con Identia Comunitaria y La Bulla, esa perspectiva se despliega con fuerza desde el inicio de la entrevista: “La cuestión es por qué las feministas pensamos, y yo pienso como feminista que soy, que estamos en un tiempo de revancha patriarcal. ¿Qué tiene que ver la revancha patriarcal con determinados momentos de la historia económica y política? ¿No es cierto? porque pareciera que capitalismo y patriarcado tienen una relación un tanto impensada, ¿no?”.

La pregunta no es meramente teórica sino que abre una clave de lectura sobre el presente. Ciriza propone desmontar la supuesta exterioridad entre economía y género, señalando que esa “relación impensada” ha sido, en realidad, sistemáticamente invisibilizada por las narrativas dominantes. En ese sentido, profundiza:

“Yo creo y hay suficiente evidencia histórica en esa dirección, que en los momentos de crisis capitalista, que son momentos de agudización de la explotación y agudización del racismo y el colonialismo, hay también una agudización […] del odio misógino, ¿no? odio misógino que se extiende hacia todas las personas feminizadas, no solo a las mujeres”.

Aquí, la filósofa introduce una hipótesis fuerte al plantear que las crisis del capital no solo reorganizan la explotación económica, sino que intensifican las violencias patriarcales y raciales. No se trata de fenómenos paralelos, sino de procesos co-constitutivos que disciplinan cuerpos y territorios en función de la acumulación.

En esa línea, la referencia al contexto argentino actual adquiere densidad política:

“Entonces, tenemos experiencias históricas a las que podemos acudir para mostrar que fue así y que continúa siendo así. […] No es en absoluto casual que este gobierno la haya emprendido contra nosotras en buena medida porque se trata del movimiento social más importante de los últimos tiempos”.

La ofensiva contra los feminismos aparece así como una reacción frente a su potencia transformadora. Lejos de ser marginal, el movimiento feminista es identificado como uno de los principales antagonistas del orden vigente. Ciriza lo inscribe junto a otras luchas estratégicas:

“No hay en este momento dos grandes movimientos sociales que son, por una parte la defensa de la naturaleza […] y el movimiento feminista. O sea, esos dos movimientos son los movimientos sociales más importantes junto con un movimiento histórico […] que es el movimiento de derechos humanos”.

Esta articulación entre feminismos, ambientalismos y derechos humanos permite pensar una cartografía de resistencias que desafía simultáneamente al extractivismo, al patriarcado y a las herencias del terrorismo de Estado. En este punto, la memoria histórica irrumpe como dimensión clave:

“En los años 70, a partir del 76 después del golpe militar hubo un encarnizamiento particular con los cuerpos de las mujeres y de las personas feminizadas. […] se manifestó en la violación sistemática, […] en la desmaternalización, […] en las políticas de botín de guerra”.

La mención al Golpe de Estado en Argentina de 1976 no es solo evocación: es advertencia. La violencia patriarcal, en contextos de crisis, se recrudece y adquiere formas específicas que buscan disciplinar y castigar a quienes desbordan el orden de género.

A esta trama se suma una dimensión central del presente: las tecnologías digitales. Ciriza rechaza abordajes superficiales y propone un análisis materialista:
“No se trata solamente de un fenómeno cultural, ni de preguntarse qué representaciones producen TikTok, Facebook, Instagram […] ¿Qué clase de sociabilidad promueven esas redes? ¿Cuáles son sus bases materiales?”.
Al nombrar plataformas como TikTok, Facebook e Instagram, desplaza la discusión hacia las condiciones de producción de lo digital. En ese sentido, afirma:
“Las bases materiales de esas redes son las grandes plataformas. Entonces, la digitalización del mundo promueve la ilusión de objetividad y eficiencia. […] La inteligencia artificial promueve la idea de la evaporación de la materialidad del mundo”.
La crítica apunta a desarmar el fetichismo tecnológico. Aquello que se presenta como inmaterial y neutral está profundamente anclado en relaciones de explotación y en economías extractivas. La ironía aparece cuando conecta estas infraestructuras con los territorios:
“¿Qué clase de bases materiales promueve, que son las grandes plataformas que necesitan mucho litio. Ay, qué casualidad […] al producirse, promueven la aceleración de la producción […] que hace que el tiempo humano se convierta en algo despreciable”.

Así, el capitalismo digital no solo reorganiza el trabajo, sino que intensifica la expropiación del tiempo y de la vida misma, afectando de manera diferencial a cuerpos feminizados y racializados.

En consecuencia, Ciriza insiste en la necesidad de una crítica integral:
“Creo que hay una conjunción de procesos que conducen a la necesidad de una conciencia política y conciencia de clase y conciencia corpórea […] de lo que esto significa en términos de extorsión, de explotación, de devaluación de las capacidades humanas”.

La apelación a una “conciencia corpórea” resulta clave. No se trata solo de comprender, sino de sentir en los cuerpos los efectos de estas transformaciones, habilitando prácticas políticas situadas.

El diagnóstico se radicaliza al abordar la dimensión bélica del capitalismo contemporáneo:
“Esta contradicción del capital […] conduce a la necesidad de destrucción y de formas de destrucción feroces como lo es la guerra. Estamos presenciando un genocidio a cara descubierta […] que está exterminando a los palestinos, a las palestinas, a los palestines”.

La guerra aparece como mecanismo de resolución violenta de las crisis del capital, donde ciertas vidas son declaradas sacrificables. La docente lo explicita con crudeza:
“El exterminio no es solamente por bombas, es el exterminio por hambre, por degradación, por sometimiento a condiciones verdaderamente brutales de vida”.

Frente a este escenario, recupera la tradición internacionalista del feminismo, evocando antecedentes como la Conferencia de Zimmerwald:
“Hay que promover una internacional activa de resistencia a la guerra […] cada vez que ha habido riesgo de guerra las feministas se movilizaron en contra”.

Además, advierte sobre los efectos devastadores de los conflictos armados:
“Las guerras solo patriarcalizan, repatriarcalizan el mundo de una manera espantosa, convierten en desechables […] algunas vidas”.

Y cierra con una interpelación que es, al mismo tiempo, diagnóstico y programa político:
“Creo que las feministas tenemos allí una tarea, una tarea de reflexión, de agitación y de internacionalización de la lucha en contra de la guerra”.
En tiempos de ofensiva reaccionaria y aceleración capitalista, la palabra de Alejandra Ciriza no se limita a describir la crisis sino que, además, la inscribe en una historia larga de luchas y convoca a profundizar una crítica feminista que, lejos de replegarse, se expande como herramienta colectiva para disputar el presente.

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