Narrativas
La naciente

Habitante de rincones e intersticios. Trashumante. Portadora de textos en su piel. Calidoscopio. Naciente errante y compulsiva. Constante. Sus vidas han sido e irán siendo entropía que se desdobla por las marcas de los tiempos, por las arrugas de las épocas. Inevitable, se empecina en nacer y nacer. Así es la naciente.
Nacer es lo que disfruta. No repara en las formas ni en las circunstancias. Despierta en gaviota para desmigar el aire entre sus alas, o zambullirse entre las lejanas olas cuando apenas asoman sus rostros por debajo de las sábanas azules. Se levanta húmeda y leve, salada y distante. Gaviota hoy, en blancos, grises, negros y naranjas. Gaviota hoy en azules y dorados.
Nace como nacen las olas, con persistente capricho. Se vuelca, se funde, se dona. Nace como nacen los brotes. Frágil asoma su presencia. Lenta transita los días. Tenaz avanza con imperceptibles y parsimoniosos aires nuevos, buscando luces que la alimenten. Nace como nacen las gotas, ahora insipiente, ahora rebozante, ahora lanzada en vertical descenso hasta perderse. Nace como nacen los soles. Majestuosa y total, inabarcable y vital. Para incendiarte de rojos, para acariciarte con todos sus verdes, violetas y azules. Pero también nace como nacen las brisas, sin aviso ni origen, incontenible, etérea y libre, sutil, delicada, transparente. Te envuelve, te roza completo y luego sigue camino dejando en tu piel un sabor a nostalgias, un perfume ausente.
La naciente nace, bendita, llena de música y de bordadas palabras. Tribal, profunda, frondosa con sus timbales. Libélula de azúcar, por las mañanas. La naciente nace, en definitiva, para disputarles a las muertes sus valores absolutos, sus últimas palabras y puntos finales, sus silencios estentóreos. ¡Nace! ¡Nace!, ¡Nace naciente mía y de nadie! Libélula de azúcar, por las mañanas.
Por Maximiliano Verdier










