Opinión

Río de Janeiro: la necropolítica como política de Estado

Claudio Castro actual gobernador de Río de Janeiro comandó la masacre más grande de la historia de las favelas de Río de Janeiro, Brasil, superando incluso la masacre de Carandirú en 1992.

Lo que el filósofo camerunes Achille Mbembe define como necropolítica, se puede aplicar con exactitud en este contexto. El poder del Estado decide quién debe morir y quién debe vivir. En los barrios populares, esa sentencia se ha decidido durante siglos.

La necropolítica no es sólo teoría, es rutina con todo un aparato de poder que insiste en naturalizarla y legitimarla, tratando la vida de les exluides como desechable y reduciéndolas a solo un número.

En Río de Janeiro la policía, conducida por la extrema derecha Bolsonarista, masacró personas y lo llamó «operativo antinarcotráfico» bajo la consigna de defender la «población». ¿A qué población defienden?Definitivamente no a la población a la que llaman despectivamente “barrios marginales”. Los suburbios, estos son los objetivos, criminalizando los territorios pobres y aún no satisfechos, todo el engranaje del Estado exige aplausos como si la muerte fuera solución y no un síntoma de su incapacidad de propiciar políticas públicas efectivas: escuelas, trabajos y dignidad. Para los barrios populares solo hay bala.

Es el propio Estado el que convierte los territorios populares en campos de batalla y a sus habitantes en índices de delincuencia.

Ante el inminente advenimiento de un año electoral, donde alimentar el caos es su fuerte herramienta política para luego devenir en demagogia de soluciones, el gobernador de Rio de Janeiro despliega con crueldad una masacre televisada.

Una práctica vil de operaciones letales del gobierno de Claudio Castro para cosechar capital político mientras suma cuerpos. El Estado alimenta el crimen, se beneficia de él, y luego simula luchar contra lo que él mismo ha ayudado a crear.

La violencia Estatal no fue casual: fue organizada, selectiva y celebrada. Una expresión sanguinaria del racismo sistémico que atraviesa un sector de la sociedad brasileña.

Los medios hegemónicos repiten el mismo guión de siempre, y sostienen esta necropolítica. Insisten en que hay vidas que valen menos. Despliegan las ya clásicas coberturas del victimismo y el amarillismo extremo. Que todes son criminales. Muestran. a los barrios pobres como lugar de gente mala, sin piedad montan un espectáculo con el dolor de familias enteras y cuerpos apilados en las calles.

Los mismos cuerpos, favelados periféricos de siempre, los mismos siempre. Cada cuerpo caído es un grito de un proyecto político antidemocrático e inhumano.

Citar los hechos, alzar la voz en repudio, señalar a quien gobierna y celebra la muerte no es una exageración, es nuestro deber de memoria y activa la solidaridad con las familias en duelo. Arroja destellos de dignidad para seguir resistiendo a esa maquinaria de crueldad que hoy se despliega en Río de Janeiro.

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