“Humanizar la Biomedicina, incorporar la empatía, es una de las grandes necesidades y el horizonte hacia el cual caminamos”

La endocrinóloga e investigadora cordobesa Dana Negretti Borga visita San Luis en el marco del encuentro «Identidad, Salud y Memoria», este sábado 20 de junio en Pimienta y de la «Jornada Endocrología y Derecho a la Identidad de Género», el lunes 22 en la Facultad de Química, Bioquímica y Física de la Universidad Nacional de San Luis.
Especialista en salud trans desde una perspectiva de género no cisheteronormada, Negretti Borga conversó con La Bulla sobre los sesgos patriarcales en la biomedicina, el acceso a hormonas para personas trans y no binaries, el desfinanciamiento actual de las políticas de salud y los desafíos pendientes en materia de despatologización.
Dana Negretti Borga es científica y docente universitaria. Cordobesa y feminista, se formó en bioquímica, hizo una maestría en investigación traslacional y medicina personalizada, y un doctorado en ciencias químicas. Actualmente es docente en las cátedras de Endocrinología y de Química Clínica 1 de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), y tiene una beca posdoctoral en el Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad (CIECS), dependiente de CONICET y la UNC.
¿Cómo impacta concretamente la perspectiva cisheteronormada que históricamente dominó la endocrinología en los cuerpos y la salud de personas trans, no binarias e intersex, y qué errores o daños concretos ha generado esa mirada?
Hay muchos ejemplos de cómo impacta la cisheteronorma dentro de la salud, la endocrinología y la biomedicina en general. En mujeres cisgénero o personas con útero, por ejemplo, se dan diagnósticos tardíos o tratamientos inoportunos, especialmente en los casos donde los síntomas clínicos difieren de los que se presentan en varones cis. El ejemplo más conocido es el de los infartos: los ensayos clínicos estudiaron mayormente poblaciones masculinas, por lo que las diferencias sintomáticas en mujeres y otros géneros no fueron tenidas en cuenta del mismo modo. Esas diferencias en riesgo cardiovascular recién en los últimos años empezaron a adaptarse en algunos lugares, después de mucho tiempo de trabajo.
Otro ejemplo son las enfermedades ginecológicas subestimadas, como la endometriosis: durante años, dolores que hoy sabemos relacionados con esa enfermedad se consideraban simples molestias menstruales sin nada más que hacer. Ese subestimar el dolor de las personas con útero también es producto de los sesgos cisheteropatriarcales.
Por otro lado, las identidades homosexuales, trans y travestis han sido, principalmente en Occidente, foco de odio y de ataques: históricamente penalizadas por la ley, encarceladas en algunos países, y eso lamentablemente sigue pasando. Hacia los años 50, la psicología y la medicina fueron de las primeras ciencias en empezar a tener en cuenta estas identidades, pero siempre desde la patologización: como «desviaciones» que había que tratar. De alguna forma fue un avance respecto de la cárcel, pero el camino que falta recorrer para que la biomedicina entienda que esta diversidad de personas, biologías e identidades no son desviaciones de la naturaleza, sino que están atravesadas por los pensamientos sociales y culturales de cada época, es todavía muy largo.
Por eso siempre digo que la biomedicina no es objetiva: se fue construyendo en base a quienes hicieron esa ciencia, y como históricamente fue creada en sociedades masculinas y, al menos públicamente, heterosexuales, arrastra esos posicionamientos patriarcales en su praxis.
Un ejemplo extremo son las operaciones en bebés intersex, es decir, con genitales ambiguos —algo que no supone una patología en sí misma, simplemente está fuera de la cisheteronorma porque el binarismo social nos dividió en mujeres y varones—. Cuando algo se escapa de esa regla, la biomedicina trató de corregirlo para que encajara a la fuerza, modificando los genitales de bebés para que socialmente «no fueran diferentes» al resto. Esto está considerado tortura por la ONU, que exige que no se haga, pero sabemos que son prácticas que lamentablemente siguen sucediendo, conservando la cisheteronorma antes que pensar en la salud integral de cada persona.
Por eso creemos tan importante visibilizar estos casos, donde los sesgos de género no piensan en la salud de la comunidad, sino que arraigan y reproducen binarismos contraproducentes para la salud misma de la persona, que es el fin último que buscamos: salud integral, salud colectiva.
El sistema de salud suele tratar las hormonas como un asunto de «normalización» hacia parámetros binarios. ¿Cómo se subvierte esa lógica desde una endocrinología con perspectiva de género no cisheteronormada, y qué cambia en la relación médicx-paciente cuando se abandona ese marco?
Desde la endocrinología podría decir que las hormonas son múltiples. Cuando se piensa en población trans, siempre se las asocia con estrógenos o testosterona, pero en realidad existen la hormona tiroidea, la hormona de crecimiento, la insulina y muchas otras que regulan el cuerpo. Para mí es algo muy interesante: a lo largo de nuestro crecimiento, las hormonas marcan momentos clave —la pubertad, para quienes tienen útero la menopausia, el embarazo— donde tienen un rol fundamental, porque además hay una sensación de cuerpo nuevo constante: nunca somos estáticxs, siempre nos vamos conociendo. Esa idea de dinamismo está muy presente en el cuerpo.
En la población trans en particular, los estudios hablan de un 70% de las personas que desean usar hormonas para modificar su cuerpo —siempre aclaro que esta decisión es de cada persona: ser trans no es sinónimo de usar hormonas—. Usarlas es una posibilidad que la biomedicina permite, del mismo modo que permite que una persona diabética no muera gracias a la insulina. También permite que quien desea modificaciones corporales pueda acceder a ellas, mejorando enormemente la calidad de vida, especialmente en salud mental, porque toda la vida de una persona tiene que ver con cómo se ve y cómo se presenta ante la sociedad. Es importantísimo que, si hay un malestar solucionable, se pueda alcanzar esa solución.
Como las identidades trans no fueron tenidas en cuenta históricamente, se empezaron a utilizar las hormonas ya disponibles: estrógenos pensados para personas con menopausia, o testosterona pensada para personas con hipogonadismo. Las farmacéuticas ya fabricaban esos fármacos para otras poblaciones, y empezaron a usarse también en personas trans. Uno de los errores que hoy vemos es, por ejemplo, el uso de pastillas anticonceptivas —combinación de progesterona y estrógenos pensada para personas con útero que buscan anticoncepción hormonal— en personas trans, cuando las dosis y la combinación no son las necesarias para sus objetivos.
Por eso es importante construir, desde el inicio, una biomedicina pensada para personas trans. En mujeres trans, travestis y feminidades trans, los estrógenos —en las condiciones adecuadas, que solo un profesional puede evaluar e indicar— permiten, por ejemplo, aumento de pechos, disminución del vello facial y cambios en la piel y el pelo. En varones trans, masculinidades trans y personas no binarias que buscan masculinización, la testosterona puede generar un engrosamiento evidente de la voz, aumento de masa muscular y eliminación casi total de la menstruación.
Siempre hay que pensar en base a las necesidades reales de cada persona: por eso hablamos de medicina personalizada, evaluando los cambios deseados junto con los análisis de sangre. Hoy tenemos una mirada de la relación médicx-paciente mucho más dialógica, donde las decisiones se toman a la par. Yo me posiciono desde una medicina dialógica, donde hay que hacer docencia en cada consulta, porque las decisiones sobre el propio cuerpo tienen que estar informadas con base científica. Por eso me parece tan importante no solo incorporar perspectiva de género en la endocrinología, sino también una perspectiva más humana, donde nos veamos como pares —humanos— con la posibilidad de aprender mutuamente.
En un contexto de ajuste y desfinanciamiento de políticas de salud, ¿qué pasa con el acceso a tratamientos hormonales para personas trans y no binarias? ¿Quiénes quedan afuera y cómo se sostiene la atención desde adentro del sistema?
El desfinanciamiento actual es enorme, y cada región del país lo sufre de forma diversa. En mi caso, conozco mejor lo que pasa en Córdoba Capital: hoy el sistema público está bien organizado, hay stock por adelantado y no faltan las hormonas, porque el gobierno provincial decidió hacer un refuerzo presupuestario que dejó de venir de Nación. En otras provincias, al dejar de hacerse cargo Nación y pasar la responsabilidad a las provincias, el acceso empieza a variar según el territorio.
Lamentablemente hay mucha desinformación a pesar de estar en la era de la tecnología. Nos pasa mucho encontrarnos con personas que pensaban que desde que asumió Milei ya no había más tratamientos hormonales, y eso nunca fue así: se están continuando, lo que pasa es que tienen muy mala prensa. Lo que sí se discontinuó fue el tratamiento para menores de 18 años, que podían acceder a las pausas o bloqueos puberales —hormonas que generaban una pausa en la pubertad para luego, si la persona lo deseaba, transicionar hacia testosterona masculinizante o estrógenos feminizantes—. Para menores de edad eso está prohibido, pero más que por el desfinanciamiento, es por una cuestión ideológica: existe evidencia científica internacional de que los tratamientos hormonales en menores son seguros, de cómo realizarlos, y de que mejoran la calidad de vida al evitar momentos de ansiedad y depresión que incluso pueden llevar a autolesiones o decisiones suicidas. Todo eso es evitable gracias a estas medicaciones que hoy no se pueden usar en menores, por lo que necesitan mucho acompañamiento social.
La salud de estas poblaciones, que no han sido entendidas y han sido excluidas a lo largo de la historia, sigue siendo foco de discusión y de incomprensión. Por eso es tan importante hablar desde las personas, desde la salud integral: si realmente se puede ayudar a cada una a transitar una vida más vivible —como diría Butler— gracias a estas hormonas, ¿por qué no usarlas? ¿Por qué no acompañar a estas personas y evitar daños mayores, como que alguien termine en una guardia por usar fármacos que no correspondían —como los anticonceptivos mencionados antes— o por el uso de siliconas líquidas, que sabemos se usaban para implantes mamarios o de glúteos en intervenciones no médicas, hechas históricamente entre pares por la falta de acceso a un sistema de salud que las trate con el respeto que merecen?
La endocrinología trabaja con el cuerpo a nivel hormonal, pero los cuerpos disidentes también cargaron históricamente con diagnósticos psiquiátricos como condición para acceder a tratamientos. ¿Cómo dialoga hoy tu especialidad con esa historia y qué queda pendiente en términos de despatologización?
En muchas partes del mundo, incluso hasta hoy, hace falta un diagnóstico psiquiátrico para acceder a los tratamientos hormonales de transición de género. Existe una categoría que sigue vigente en los manuales de salud mental, la disforia de género, que en Argentina no se usa gracias a que la Ley de Identidad de Género es pionera en la despatologización. Nosotres no decimos que existe una disforia en las personas cuya identidad de género no coincide con el sexo asignado al nacer, sino que es parte de la diversidad.
La cisheteronorma espera que un cuerpo con vulva se identifique como mujer y que, además, le gusten los hombres. Todo lo que se escapa de eso puede pensarse también desde lo estadístico: tal vez hay una mayoría que encaja en esa norma, pero eso no significa que quienes están fuera de esa estadística tengan una patología. Eso es lo que hay que comprender: lo diferente o lo minoritario no es sinónimo de patología. Las personas intersex, por ejemplo, representan entre el 1% y el 1,5% de la población mundial según los estudios que consideran los tipos más frecuentes —aunque en realidad sabemos que hay más, solo que no se contabilizan todos—. Ese porcentaje es similar al de las personas pelirrojas: así como reconocemos a alguien pelirrojo, probablemente también conocemos a alguien intersex, solo que no andamos comentando qué genitales tenemos. En una sociedad que tanto discriminó a quienes son diferentes, es comprensible que muchas personas no lo divulguen por miedo al rechazo social. Que no conozcamos a tantas personas intersex no significa que no existan, sino que probablemente no tengamos la confianza suficiente para que nos lo cuenten.
Los diagnósticos psiquiátricos, en algún momento, funcionaron para garantizar el acceso a la salud donde no se permitía de otro modo. Hoy, países como Argentina, que están a la vanguardia en diversidad de género, entienden que no se trata de patologías de salud mental, sino de diversidades biológicas que siempre existieron. No son una moda: hoy podemos nombrarlas, identificarlas y acompañarlas desde la salud, pero siempre estuvieron ahí.
También es importante destacar que la endocrinología tiene mucho que ver con la asignación del sexo biológico a partir de los caracteres secundarios, esos que vemos físicamente y que asociamos con lo femenino o lo masculino. Todavía falta mucho, especialmente en la formación de quienes ejercen profesiones de salud: en los análisis de libros de hace 30 años, de los 90, encontramos terminologías muy patologizantes que no tienen ninguna evidencia científica. Muchos profesionales que hoy atienden se formaron con esos libros, y la falta de actualización —sobre todo en temas que a algunas generaciones les resultan lejanos— hace que las diversidades sexuales y de género tengan dificultades para acercarse a ciertos profesionales de la salud, sabiendo que no van a ser bien recibidas o que no habrá un esfuerzo por entenderlas.
Por suerte, también hay mucha población y muchos profesionales interesades en avanzar, en conocer, en el buen trato. Esa es una de las grandes necesidades dentro de las ciencias de la salud: las habilidades de empatía, entender que no se trabaja solo con un organismo de tejidos y órganos interrelacionados y valores de referencia, sino con personas que tienen una historia de vida detrás de cada dato biomédico. Creo que humanizar la biomedicina, incorporar la empatía, es una de las grandes necesidades y el horizonte hacia el cual caminamos. Estamos pensando todo el tiempo desde una medicina binaria, que no es necesariamente donde vamos a encontrar el mejor bienestar para las personas. Ser varón o ser mujer es una decisión cultural que cada persona toma porque se siente más identificada con una u otra forma. Eso es lo difícil de entender, pero esperamos que ejercitarlo dentro del aula, colectivamente, también ayude a que quienes ejerzamos como profesionales de la salud tengamos esos lentes puestos y estemos atentes a los sesgos de género que nos rodean.













