Que viva el fútbol, que muera la FIFA

El fútbol une a las comunidades. En las canchas barriales, en los patios de las escuelas, en las calles de los barrios populares el fútbol sigue siendo ese juego que reúne y apasiona. Es, todavía, una de las pocas emociones populares genuinas que nos quedan.
Ayer, domingo 19 de julio, terminó el Mundial 2026 con España campeona tras vencer a Argentina en el MetLife Stadium de Nueva Jersey. Fueron 39 días, 104 partidos, 48 selecciones y tres países anfitriones -Estados Unidos, México y Canadá- para la edición más grande de la historia. Pero hay un ganador que no perdió ni un solo partido y ni siquiera tuvo que salir a la cancha: la Federación Internacional de Fútbol Asociación, más conocida por sus siglas FIFA.
El organismo que preside Gianni Infantino proyecta ingresos por 13.000 millones de dólares en el ciclo comercial 2023-2026, un 45% más que los 7.568 millones que había facturado en el ciclo de Qatar 2022, según estimó Marion Laboure, estratega de Deutsche Bank Research. De esa cifra, cerca de 8.900 millones corresponden solo al año del torneo, con los derechos de televisión como principal fuente de ingresos: 3.925 millones de dólares, el 44% del total. Según cifras de la propia FIFA, el organismo repartió más de 650 millones de dólares en premios deportivos entre las 48 selecciones, con 50 millones para el campeón -ocho millones más que los 42 millones que se había llevado Argentina en Qatar 2022-. Todo esto bajo el paraguas de una entidad registrada en Suiza como asociación sin fines de lucro, que no rinde cuentas ante ningún Estado ni corte tributaria del mundo.
Sobran ejemplos del uso de los Mundiales por la FIFA y los poderes de turno. En Argentina el fútbol fue capturado por una dictadura que lo usó para vender normalidad mientras torturaba, como la Argentina de Videla en el Mundial 78: la ESMA, uno de los centros clandestinos de detención más grandes de la última dictadura, funcionaba a menos de diez cuadras del Monumental, mientras la Junta Militar exhibía la Copa como prueba de un país «en orden». También fue capturado por una organización que lo convirtió en una máquina de votos comprados y privilegios fiscales, como quedó expuesto en 2015, cuando la policía suiza detuvo a primera hora en el hotel Baur au Lac, en el centro de Zúrich, a siete dirigentes de la FIFA, mientras el Departamento de Justicia de Estados Unidos acusaba formalmente a 14 personas por sobornos que superaban los 150 millones de dólares. Meses después cayó el propio presidente de la FIFA, Joseph Blatter, que llevaba casi dos décadas en el cargo.
Y sobran los ejemplos del negocio millonario de la FIFA, en desmedro de los pueblos que aman al futbol. Por citar algunos mas, están países que se endeudaron durante años para organizar fiestas cuyas ganancias se fueron a otro lado, como Brasil 2014, que gastó más de 15 mil millones de dólares en estadios y obras -varios hoy convertidos en «elefantes blancos» subutilizados- mientras un año antes, durante la Copa Confederaciones, más de un millón de personas salían a las calles a reclamar por salud y educación bajo la consigna «no vamos a tener la Copa». Y por trabajadores pobres que murieron construyendo estadios en los que jamás pudieron entrar: una investigación del diario The Guardian contabilizó más de 6.500 muertes de trabajadores migrantes, en su mayoría surasiáticos, en Qatar entre la adjudicación del Mundial 2022 y su celebración, la mayoría bajo el sistema de tutela laboral conocido como kafala.
La llamada que lo dice todo
El miércoles 1 de julio, mientras se jugaba el partido entre Estados Unidos y Bosnia Herzegovina, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, levantó el teléfono y llamó personalmente al presidente de la FIFA, Gianni Infantino. El motivo: pedirle que le devolviera la posibilidad de jugar a Folarin Balogun, la gran figura ofensiva de la selección estadounidense, expulsado con tarjeta roja directa. Las normas de la FIFA establecen que una tarjeta roja directa conlleva automáticamente la suspensión por un partido, una sanción que no puede ser apelada por el equipo.
Y sin embargo, días después, la FIFA decidió anular una sanción y permitir que un jugador expulsado en el encuentro anterior disputara la siguiente ronda del Mundial. Sesenta y cuatro años de historia rota por una llamada telefónica. El presidente estadounidense no disimuló: «Gracias a la FIFA por hacer lo correcto y revertir una gran injusticia», escribió en su red social. La federación belga, rival de Estados Unidos en esa instancia, calificó la medida de asombrosa y no descartó recurrirla.
No era la primera vez que el artículo 27 del reglamento disciplinario -pensado, según la propia FIFA, para casos excepcionales- aparecía justo cuando convenía. Meses antes, en la fase de clasificación, ese mismo mecanismo le había perdonado dos tercios de una sanción a otra estrella mundial por motivos de «buena conducta». Pero esta vez el patrón fue distinto, no fue un comité el que pidió clemencia, fue el jefe de Estado del país anfitrión, en guerra abierta contra buena parte del planeta por temas migratorios, torciéndole el brazo al organismo que se supone debe ser neutral.
Entonces, cabe preguntarse: ¿qué necesita la FIFA de Trump para complacerlo tan rápido? Una pista aparece meses antes de esa llamada. Infantino le entregó a Trump el Premio de la Paz de la FIFA, distinción que el propio organismo creó para la ocasión. El sociólogo Luis Martínez Andrade, autor de «Futbol y teoría crítica: Ilusiones del balón y del sujeto abstracto», lo compara con otra foto, la de Joao Havelange, entonces presidente de la FIFA, junto al dictador argentino Jorge Videla en 1978. Casi medio siglo después, la postal se repite con otro nombre y otro cargo. La respuesta a por qué la FIFA complace tan rápido a Trump empieza, como casi siempre, por la plata.
El negocio detrás de la vidriera
La FIFA no es una ONG deportiva. Es una corporación con estatus fiscal de organización sin fines de lucro que administra miles de millones de dólares en derechos de televisión, patrocinios y merchandising, y que multiplica sus ingresos por acuerdos con marcas globales de bebidas, comidas, tarjetas de crédito, autos y plataformas de apuestas que empapelan cada cancha, cada camiseta y cada corte publicitario.
Los jugadores estrella -los mismos que protagonizan escándalos como el de Balogun- cobran salarios que equivalen a lo que una familia trabajadora gana en varias vidas, sostenidos por contratos publicitarios que los convierten en vidrieras ambulantes de zapatillas, celulares, bebidas energéticas y un sinfín de cosas que no son esenciales pero se venden como imprescindibles. El deporte de élite siempre movió dinero. Pero en los Mundiales, la asimetría entre esa cascada de millones y las condiciones de los países que ponen el cuerpo, la infraestructura y, en muchos casos, la sangre para que la fiesta exista, es exageradamente opuesta.
Hay otro negocio, menos hablado, que corre en paralelo: el de la imagen familiar del jugador. La publicidad no solo vende cosas innecesarias revestidas de necesarias, también vende un modelo de vida. La esposa hermosa y discreta, los hijos rubios en la tribuna, el gesto del padre proveedor que llega a upa con la Copa. Esa postal heteronormada se repite como si fuera la única forma posible de ser feliz. Desde el feminismo ya se ha dicho: el deporte funciona como reproductor de un modelo de hombre hegemónico -fuerte, exitoso, proveedor, el mejor- que resulta funcional al capitalismo y sostiene, al mismo tiempo, un orden patriarcal binario mucho más viejo que el mercado. La contracara de esa postal es el estigma que cae sobre cualquier mujer vinculada a un futbolista que no encaje en el molde de esposa silenciosa: basta recordar cómo ciertos medios deportivos convirtieron a mujeres denunciantes en villanas y a los jugadores en víctimas, reforzando la idea de que ellas solo buscan «aprovecharse» del hombre exitoso. Vender familia heteronormada, entonces, funciona como otra forma de sostener el mismo sistema que decide quién entra a la cancha y quién no, mucho más allá de un simple detalle de marketing.
Ahí aparecen los verdaderos ejes de la mercantilización absoluta del fútbol en los Mundiales:
Gentrificación del hincha:
las entradas caras y los paquetes turísticos exclusivos transforman las tribunas en plateas para corporaciones y turistas de alto poder adquisitivo. El hincha de toda la vida, el que hizo fila desde los ocho años para entrar a la cancha del barrio, queda afuera por el precio. En varias entrevistas de medios hegemónicos se vio a familias vendiendo hasta el auto o juntando pasajes a cuentagotas para poder llegar, y los medios lo mostraron como la pasión de siempre por ver campeona a la Argentina.
Lavado de imagen geopolítico: gobiernos cuestionados usan el evento como plataforma de relaciones públicas internacionales para ocultar abusos internos y mejorar su imagen exterior. La foto en el palco vale más que cualquier informe de derechos humanos.
Monopolio de la FIFA: el organismo impone «leyes FIFA» a los países organizadores, que terminan aceptando exenciones fiscales masivas que benefician a las marcas multinacionales oficiales del torneo, mientras los estados locales resignan recaudación.
Vidas descartables: la construcción a contrarreloj de estadios genera denuncias sistemáticas de explotación laboral y muertes obreras que muchas veces quedan ocultas bajo cláusulas de confidencialidad.
El negocio de la TV: los horarios de los partidos se acomodan a las audiencias satelitales globales, sin importar el clima local ni la salud de los jugadores. Este Mundial estrenó pausas de hidratación obligatorias a los 22 minutos de cada tiempo, y muchas cadenas usaron esos minutos para meter publicidad descontrolada, lo que llevó a hinchas y entrenadores de todo el mundo a acusar a la FIFA de esconder negocio detrás de una excusa médica.
El Mundial de les que no fueron bienvenides
Mientras la FIFA le hacía un favor telefónico al país anfitrión, otra selección vivió la cara exactamente opuesta de esta misma Copa del Mundo. Irán no pudo instalar su campamento base en Estados Unidos ni garantizar el ingreso de todo su cuerpo técnico. Tenía previsto instalarse en Tucson, Arizona, pero las complicaciones relacionadas con visados y seguridad llevaron a la federación a trasladar su concentración a Tijuana, Baja California, México.
Desde ahí, del otro lado de la frontera, el plantel iraní tuvo que cruzar hacia Estados Unidos cada vez que le tocaba jugar y volver enseguida a México, lo que redujo sus tiempos de descanso, recuperación y preparación. El propio técnico se quejó públicamente de que apenas tuvieron seis horas para preparar un partido decisivo, con entrenamientos interrumpidos de un día para el otro por cambios de logística de último momento. El secretario general de la federación iraní no eligió palabras suaves: calificó el trato recibido como «una mancha en la historia reciente de la Copa del Mundo» y denunció que ni siquiera se les permitía llegar con más de un día de anticipación a sus propios partidos, algo que sí se les concedía a otras selecciones.
De los 48 países que clasificaron al Mundial 2026, dos quedaron sujetos a restricciones totales de viaje a Estados Unidos -Haití e Irán- y otros dos con restricciones parciales, Costa de Marfil y Senegal. El árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan fue deportado del país el mismo día que debía trabajar en el torneo, después de que la Casa Blanca vinculara su presencia a una presunta relación con el terrorismo, y la selección sudafricana no pudo viajar en la fecha prevista por problemas de visas de varios de sus jugadores y directivos. Docenas de hinchas de países del norte de África vieron rechazadas sus visas sin explicación. Mientras tanto, dentro de la propia estructura de la FIFA se llegó a discutir pedirle a Trump una «tregua» migratoria temporal para vestir de buena noticia lo que en el fondo fue una política de exclusión selectiva.
Ahí está el contraste que muches prefieren no ver. Al mismo tiempo que el presidente que se cree dueño del mundo logró torcer una sanción deportiva con una llamada de teléfono, selecciones enteras debieron mudarse a un país vecino porque el gobierno anfitrión decidió, unilateralmente, quién entra y quién no a «la fiesta que une al mundo». El lema oficial de la FIFA, ese que repiten en cada apertura de torneo, empieza a sonar como una broma pesada cuando se lo compara con la lista real de restricciones.
La otra cara de México: las madres buscadoras
Mientras Shakira esbozaba sus histriónicos cánticos en la apertura del Mundial 2026, y en Los Ángeles, Seattle o Ciudad de México las cámaras enfocaban la fiesta, hubo otra fila de mujeres que no salió en la transmisión oficial.
El 11 de junio, horas antes de la ceremonia inaugural en el Estadio Azteca, colectivos de familiares de personas desaparecidas marcharon por Calzada de Tlalpan y Paseo de la Reforma para visibilizar sus casos, que hoy suman más de 135 mil registros oficiales en México. No pidieron entradas VIP ni un lugar en el palco presidencial. Pidieron algo bien simple: que alguien busque a sus hijes con la misma energía con la que se construyó un estadio.
No lo consiguieron. Ese mismo día, mientras el gobierno celebraba la gala de la FIFA en Chapultepec, las madres buscadoras fueron bloqueadas frente al Azteca por una barrera de policías antimotines y no pudieron pasar. Una de ellas se arrodilló frente a la valla. Del otro lado, la fiesta seguía intacta.
Con carteles con los rostros de sus familiares y consignas como «México, campeón en desaparición», usaron la visibilidad global del Mundial para exponer una crisis que, según cifras oficiales, supera las 133 mil personas desaparecidas y no localizadas desde 2006, aunque distintos colectivos calculan que la cifra real podría acercarse a las 200 mil. Son mujeres que se convirtieron, por la fuerza de la ausencia estatal, en peritas, rastreadoras e investigadoras forenses. Caminan con palas por baldíos, canales y basureros. Encuentran fosas clandestinas donde el Estado nunca mira. Y lo hacen, la mayoría de las veces, solas.
Ahí está la antítesis perfecta de este Mundial. De un lado, una llamada de teléfono que alcanzó para reescribir sesenta y cuatro años de reglamento deportivo en cuestión de días. Del otro, décadas de llamados, marchas y súplicas que ni siquiera alcanzaron para cruzar una valla policial. De un lado, un jugador que volvió a la cancha porque el presidente de la potencia anfitriona lo pidió. Del otro, hijos e hijas que no vuelven a ninguna parte porque nadie con ese mismo poder levantó jamás el teléfono por elles.
Mujeres árbitras: la concesión que no toca las estructuras
Entre los 170 jueces que la FIFA convocó para esta Copa del Mundo -52 árbitros principales, 88 asistentes y 30 oficiales de video (VAR)- figuran seis mujeres. La cifra representa menos del 4%, aunque significa un paso adelante desde Catar 2022, cuando la francesa Stéphanie Frappart se convirtió en la primera mujer en dirigir un encuentro de fútbol masculino en un Mundial.
La estadounidense Tori Penso se convirtió en la segunda mujer en arbitrar un partido de un Mundial masculino, y la mexicana Katia García se transformó en la primera latinoamericana -y la tercera mujer en la historia- en dirigir en una Copa del Mundo masculina. Las acompañaron Sandra Ramírez (asistente, México), Brooke Mayo (asistente, Estados Unidos), Kathryn Nesbitt (VAR, Estados Unidos) y Tatiana Guzmán (asistente de VAR, Nicaragua).
Son avances reales, y valen. Pero conviene mirarlos con la misma lupa con la que se mira todo lo demás en este texto: seis mujeres entre 170 jueces no mueve un ápice quién decide qué partido se juega, con qué reglamento, en qué horario y a favor de quién se tuerce un artículo cuando conviene. La FIFA puede convivir perfectamente con más árbitras en la cancha mientras su directorio, sus negociaciones millonarias y sus favores presidenciales siguen intactos. Es el mismo mecanismo que usa cualquier estructura de poder: abrir una puerta lateral para no tener que abrir la principal.
La receta libertaria: privatizar hasta la camiseta
Ese mismo mecanismo -abrir la puerta que no compromete nada esencial- también se discute puertas adentro del fútbol argentino. Desde el DNU 70/2023, el gobierno de Javier Milei viene insistiendo con transformar los clubes en Sociedades Anónimas Deportivas -SAD-, es decir, permitir que pasen de ser asociaciones civiles manejadas por sus socios a empresas que se pueden comprar y vender. El propio Presidente lo dijo sin vueltas: «Es un negocio muy fácil», y llegó a mencionar el interés de grupos árabes dispuestos a invertir 3.000 millones de dólares en clubes como Boca, River, Racing, Newell’s o Estudiantes.
El modelo que Milei toma como espejo es el inglés, donde conviven grandes capitales privados con controles fuertes de la Premier League. Pero el caso que mejor mide qué pasa cuando ese experimento se aplica sin esos resguardos es España, que adoptó las SAD por ley en 1990 para sanear económicamente a sus clubes. Treinta años después, el resultado se considera, en el propio ambiente del fútbol español, un fracaso: la deuda de los clubes profesionales pasó de 172 millones de euros en 1992 a más de 3.000 millones en los últimos años, según datos del portal Palco23. En el camino, clubes históricos como Salamanca, Extremadura y Badajoz directamente desaparecieron. Solo cuatro equipos de la élite española -Real Madrid, Barcelona, Athletic Club y Osasuna- se mantuvieron como asociaciones de socios, y entre ellos se repartieron 20 de las 25 ligas jugadas desde que existen las SAD en ese país. El manejo empresarial, ahí donde ya se probó, no garantizó ni mejor economía ni mejor fútbol: garantizó deuda y clubes que dejaron de existir.
Los propios clubes argentinos -River, Boca, San Lorenzo, Independiente, Racing- lo rechazaron públicamente. Y el motivo de fondo conecta directo con todo lo anterior: el club de socios, con sus límites y sus crisis, es la última estructura donde el hincha de barrio todavía tiene algo de poder de decisión sobre lo que ama. Convertirlo en empresa es la versión local de la misma gentrificación que ya vimos en las tribunas mundialistas: correr al socio histórico para dejarle el lugar al inversor.
Lo que se pierde cuando se vende todo
Este proceso de mercantilización absoluta no solo afecta la billetera de los Estados o la vida de los jugadores. Cambia, para siempre, la identidad misma del juego.
Primero, se destruye el arraigo local: se prioriza al consumidor global digital, al turista de paquete cerrado, antes que al socio histórico del club o al vecino que vive a diez cuadras del estadio. Segundo, se instala una cultura de consumo masivo donde los estadios pierden su identidad cultural única para convertirse en centros comerciales idénticos, con los mismos palcos corporativos repetidos de ciudad en ciudad, como si el fútbol se vendiera en franquicia. Tercero, los calendarios se saturan hasta el absurdo: la proliferación de nuevos formatos de torneos no responde a una necesidad deportiva, sino a la urgencia de generar contenido televisivo ininterrumpido, a costa del cuerpo de futbolistas que hoy juegan más partidos que nunca en la historia del deporte.
Este proceso responde a un modelo de negocio diseñado exactamente para sostener el sistema capitalista, no a la casualidad ni al efecto colateral.
La bulla que queda
El fútbol sigue siendo, contra todo pronóstico, un lenguaje verdaderamente popular. Por eso duele tanto ver cómo lo administran, porque funciona como un espejo de cómo opera el poder en el sistema capitalista, mucho más allá del deporte en sí. Una llamada del poderoso alcanza para torcer un reglamento. Miles de marchas del pueblo no alcanzan para torcer una fosa común.
La próxima vez que la cámara enfoque las lágrimas de un hincha después de un gol, vale la pena recordar también a las que lloran buscando, sin cámara, sin transmisión en vivo, sin ningún Trump que llame por ellas.
El Mundial ya terminó. Las madres buscadoras siguen buscando, mucho después de que se apagaron los reflectores. Y en algún potrero, en alguna calle de algún barrio popular, sigue rodando una pelota desgastada, dos piedras de arco y un grupo de niñeces gritando un gol que nadie transmite. Ahí, sin sponsor, sin VAR, sin pauta publicitaria ni presidente que llame por teléfono, sigue vivo lo único de este deporte que ningún negocio logró comprar todavía.









