Ayllu

Civilización y barbarie: una antinomia¹ nacional – 2º entrega

*Por el Negro Mazzochi, filósofo y docente

Le dedico mis entregas al futuro. Porque si bien es cierto que “sin pasado no hay presente”, tampoco “hay presente si no hay futuro”. Y le dedico ésta entrega particular a:
Agus @tinferra, Ema @pujolalejo y Nati @natashat917

¿Qué es lo primero que se les viene a la cabeza cuando piensan en “civilización”? ¿Y qué lo primero cuando piensan en “barbarie”?

Sigamos, ¿la cuestión sería Civilización “y” barbarie o civilización “o” barbarie? ¿Se trata de una relación inclusiva o excluyente? ¿Se puede pensar en cierta convivencia de los elementos pensados o sería caótico tenerlos todos juntos y mejor “hay que matarlos a todes”? ¿Y a todes cuáles? Porque hay dos elementos.

Por último, ¿qué tipo de elementos son? ¿Geográficos? Culturales? ¿Étnicos? ¿Religioso-espirituales?

Vayamos a Sarmiento.

Domingo Faustino Sarmiento publicó la biografía de Facundo Quiroga en 1845. Primeramente y por entregas, en el diario “El Progreso” de Santiago de Chile, país en el que se exilió. La “Vida de Quiroga” terminó conformando un suplemento específico del diario que, a su término, fue publicado como volumen: Facundo.

Alejandra Laera nos instruye en su prólogo a la edición de la Biblioteca del Congreso de la Nación (que es la que acá seguimos) que:

“con Facundo se configura la eficaz oposición “civilización y barbarie”, que llegó a ser, en algunas ediciones, el título del libro. Se trata de un enfrentamiento con el que Sarmiento buscó explicar el presente y dirimir el futuro, y que identifica en todos los niveles, desde el nivel geográfico al de las ideas, pasando, entre otras cosas, por la literatura, los cuerpos, los modos de vida y las formas de gobierno en el Río de la Plata: ciudad y campaña, literatura culta y poesía oral de los gauchos, sociabilidad urbana y pulperías, ejército regular y montonera, unitarios y federales, republicanismo y despotismo” (p.24).

¿Pero qué justifica a los ojos de Sarmiento un parteaguas semejante? ¿De qué se vale para legitimar su diagnóstico? ¿Hay, acaso, un rasgo o elemento que configura o determina nuestro suelo de manera negativa, contraproducente o limitante? 

Dice Sarmiento:

“el mal que aqueja a la República Argentina es la extensión: el desierto la rodea por todas partes, y se le insinúa en las entrañas; la soledad, el despoblado sin una habitación humana, son, por lo general, los límites incuestionables entre unas y otras provincias. Allí, la inmensidad por todas partes: inmensa la llanura, inmensos los bosques, inmensos los ríos, el horizonte siempre incierto, siempre confundiéndose con la tierra, entre celajes y vapores tenues, que no dejan, en la lejana perspectiva, señalar el punto en que el mundo acaba y principia el cielo” (p.49).

El primer problema, entonces, tiene que ver con un territorio que, de tan vasto, parece infinito. ¿Pero por qué ello es un problema y no una ventaja o un don? ¿Cómo puede la grandeza territorial ocasionar la barbarie? ¿Es sólo el espacio el que determina esa forma? ¿No se puede pensar lo contrario? Si el espacio está vacío (y debemos preguntarnos si realmente lo está/estaba) y encima es grande, ¿cómo puede ser que eso sea un mal? ¿Entonces la cuestión del “tamaño” sí importa? ¿O se suman otros elementos que hay que considerar?:

“El pueblo que habita estas extensas comarcas se compone de dos razas diversas, que, mezclándose, forman medios tintes imperceptibles, españoles e indígenas. En las campañas de Córdoba y San Luis, predomina la raza española pura, y es común encontrar en los campos, pastoreando ovejas, muchachas tan blancas, tan rosadas y hermosas, como querrían serlo las elegantes de una capital. En Santiago del Estero, el grueso de la población campesina habla aún la quichua, que revela su origen indio. En Corrientes, los campesinos usan un dialecto español muy gracioso (…) En la campaña de Buenos Aires, se reconoce todavía el soldado andaluz; y en la ciudad, predominan los apellidos extranjeros. La raza negra casi extinta ya —excepto en Buenos Aires— ha dejado sus zambos y mulatos, habitantes de las ciudades, eslabón que liga al hombre civilizado con el palurdo; raza inclinada a la civilización, dotada de talento y de los más bellos instintos de progresos. Por lo demás, de la fusión de estas tres familias ha resultado un todo homogéneo, que se distingue por su amor a la ociosidad e incapacidad industrial, cuando la educación y las exigencias de una posición social no vienen a ponerle espuela y sacarla de su paso habitual. Mucho debe haber contribuido a producir este resultado desgraciado, la incorporación de indígenas que hizo la colonización. Las razas americanas viven en la ociosidad, y se muestran incapaces, aun por medio de la compulsión, para dedicarse a un trabajo duro y seguido. Esto sugirió la idea de introducir negros en América, que tan fatales resultados ha producido. Pero no se ha mostrado mejor dotada de acción la raza española, cuando se ha visto en los desiertos americanos abandonada a sus propios instintos” (pp.55-56).

Pareciera, en parte, aclararse la cuestión. No se trata únicamente de que el territorio es vasto por donde se lo mire sino que, a su vez, sus habitantes poseen una “forma de ser” (¿biológica o cultural? Naaaaaa’… racial; digamos las cosas por su nombre y en su color) que, por improductiva, perpetúa la problemática. Y que cuya cruza o mezcla tampoco termina de procrear un genotipo un poco más virtuoso. Parece haber cierta retroalimentación (negatívísima a los ojos de Sarmiento) entre las características específicas del estilo de humanidad local (la autóctona, la que vino de afuera y la que se generó a partir de todos sus cruzas y crías) y una naturaleza inmensa que, por un lado, las fomenta y, por el otro, las embrutece como “multiplicadora de barbarie”.

 

Pero llegados a este punto, hagamos un alto y una pregunta contracultural que está muy en boga hoy en día: ¿y por qué había que ser de otra manera? Si éramos ociosos e incapaces por naturaleza (si  el anti-capitalismo y el anti-emprendedurismo estaba en nuestro ADN), ¿por qué no se podía fundar una nación a partir de esos (dis)valores? ¿Cuál es el problema con la ociosidad, la incapacidad y cierto carácter rupestre si la geografía en la que se habita es inabarcable e inhóspita? Ni siquiera los españoles, que nos conquistaron, podían con ella, al parecer de Sarmiento. ¿Y si, por el contrario, esos modos eran (¿son?) los apropiados para el lugar y el tiempo que se habita? ¿Cuál es el problema con ellos? ¿A quién o a quiénes les perjudicaba o no les convenía esta, nuestra, forma de ser?:

“Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento: su alma ha pasado a este otro molde, más acabado, más perfecto; y lo que en él era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse en Rosas en sistema, efecto y fin. La naturaleza campestre, colonial y bárbara, cambióse en esta metamorfosis en arte, en sistema y en política regular capaz de presentarse a la faz del mundo, como el modo de ser de un pueblo encarnado en un hombre, que ha aspirado a tomar los aires de un genio que domina los acontecimientos, los hombres y las cosas. Facundo, provinciano, bárbaro, valiente, audaz, fue reemplazado por Rosas, hijo de la culta Buenos Aires, sin serlo él; por Rosas, falso, corazón helado, espíritu calculador, que hace el mal sin pasión, y organiza lentamente el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo” [énfasis agregado] (p.35).

Entonces, no sólo se trata de una geografía infinita poblada por vagues sino que, además, “hacen política”. Ariel de la Fuente nos informa en “«Civilización    y    barbarie»: fuentes    para    una    nueva    explicación    del    Facundo” que  ya quince años antes de la publicación de Facundo la dicotomía “civilización/barbarie” alimentaba el modo en que sectores ligados al unitarismo caracterizaban al caudillismo federal. Si el término “barbarie” era usado para representar la violencia contenida en su política, “los  unitarios, en cambio, estaban «desnudos de pasiones» y eran guiados por «la razón»”. Más allá del uso político del lenguaje, y de lo poco inclusivo del mismo para con sus términos, una de nuestras primeras preguntas sigue resonando. Dejando de lado un poco las formas y las ideologías, ¿es la geografía Argentina la que genera esta “grieta” (esta primera y fundante “grieta”) o, por el contrario, es “la grieta” la que subyace y habilita la lectura del espacio en común? (del ayllu, para les entendidos que leyeron la primera entrega). Planteado este interrogante y cualquiera sea el caso, la pregunta tiene sentido en virtud del rasgo constitutivamente porteño-céntrico de nuestra nación. En palabras de Sarmiento:

“he señalado esta circunstancia de la posición monopolizadora de Buenos Aires, para mostrar que hay una organización del suelo, tan central y unitaria en aquel país, que aunque Rosas hubiera gritado de buena fe: “¡Federación o muerte!”, habría concluido por el sistema unitario que hoy ha establecido. Nosotros, empero, queríamos la unidad en la civilización y en la libertad, y se nos ha dado la unidad en la barbarie y en la esclavitud. Pero otro tiempo vendrá en que las cosas entren en su cauce ordinario. Lo que por ahora interesa conocer, es que los progresos de la civilización se acumulan en Buenos Aires solo: la pampa es un malísimo conductor para llevarla y distribuirla en las provincias, y ya veremos lo que de aquí resulta” (p.52).

¿Trigo? ¿Ovejas? ¿Vacas? ¿Hoy soja transgénica? ¿Manufacturas con las cuales solventar la “civilización” tan mentada? Podemos apreciar, tal como hace Marcos Olalla en “Civilización y barbarie. dos interpretaciones del rol letrado frente al proyecto modernizador en América Latina”, que el “interior” (si el “interior” es interior, ¿Bs As es exterior? ¿Exterior a qué?) queda ya circunscrito lugar “del registro descriptivo de la barbarie” por su patente “cercanía con la naturaleza al mismo tiempo que da cuenta de la determinación del medio sobre el hombre”. Más allá de estas minucias (y siempre y cuando ya hayamos tomado partido por un extremo de “la grieta” como para no cuestionarnos el carácter imperativo de lo “civilizatorio”), deberíamos preguntarnos por qué Bs As es capaz de absorber y catalizar la “civilización” por medio de sus puertos pero no así las provincias. O, de otro modo, ¿qué se puede hacer para que Bs As “derrame” la civilización desde su centralismo hacia sus márgenes? Pareciera faltar, desde la visión sarmientina, un elemento político distribuidor (toda distribución es política) capaz de llevar a cabo la misma. Moreno, a quien ya leímos y citamos, indica que con “civilización y barbarie”: 

Sarmiento se refiere específicamente a la pugna por la instauración de un estado liberal que permita el desarrollo cultural y económico sirviéndose del modelo inglés y europeo respecto de sus ideas de civilización en un país disgregado por la economía latifundista”.  

Los problemas que imposibilitan el proceso civilizatorio ya son, por lo meno’, dos en la concepción sarmientina: por un lado, el gobierno de Rosas. Si bien no es para menospreciarlo, la política bien se encarga de zigzaguear los destinos de una Nación. ¡Para pruebas basta un presente! En ese tipo de ajedrez, sólo se requiere paciencia, oportunismo y afines. Por el otro, la extensión. Mal, en la óptica del sanjuanino, mucho más permanente y desafiante que la voluntad de poder de un mortal. ¿Cómo lidiar con un mal constitutivo, con un defecto de nacimiento? ¿Cómo achicar lo apabullantemente enorme?:

“el elemento principal de orden y moralización que la República Argentina cuenta hoy, es la inmigración europea, que de suyo, y en despecho de la falta de seguridad que le ofrece, se agolpa, de día en día, en el Plata, y si hubiera un Gobierno capaz de dirigir su movimiento, bastaría, por sí sola, a sanar en diez años, no más, todas las heridas que han hecho a la patria, los bandidos, desde Facundo hasta Rosas, que la han dominado. Voy a demostrarlo. De Europa emigran, anualmente, medio millón de hombres al año, por lo menos, que, poseyendo una industria o un oficio, salen a buscar fortuna, y se fijan donde hallan tierra para poseer. Hasta el año 1840, esta inmigración se dirigía, principalmente, a Norteamérica, que se ha cubierto de ciudades magníficas y llenado de una inmensa población, a merced de la inmigración” (p.290).

De esta manera y tal como señala Moreno, por un lado, se trata de remarcar que “las inmensas distancias entre las comunidades de la pampa y las condiciones tan rurales y aisladas de la población contribuyen al fracaso del sistema político y educativo”. A la “barbarie” en suma, siempre y cuando hayamos tomado ya partido por uno de los extremos de “la grieta”. De haberlo hecho, entonces podemos pensar con Sarmiento (y Moreno) que “esta dispersión se debe a la falta de todos los medios de la civilización y el progreso que no pueden desenvolverse sino a condición de que los hombres estén reunidos en sociedades numerosas”. Si se logra juntarles (a los hombres y a las mujeres también… si no, en esa época al menos, nos quedábamos sin hombres), se logra con ello “una  forma  de «achicar»  la  pampa”, o sea,  una forma  de  erradicar  las  causas  de  la  barbarie” (De la Fuente).

¿De todo lo visto hasta acá? Pareciera ser histórico que las soluciones para nuestro país siempre tienen que venir de afuera. O, al menos, si son de afuera siempre parecen ser mejores que cuando provienen de nosotros mismos. Dejando de lado la apreciación personal, se explicita una estrategia y un plan que va a ser identitario de esa generación de intelectuales (llamada la “Generación del ‘37”); la misma va a ser puesta en práctica y no va a tener los resultados que dicha generación esperaba. Pero, por sobre todas las cosas, va a dejar una representación marcada a fuego (un tatuaje imborrable) en nuestras conciencias: la de que nosotres somos “hijes de Europa”, “casi europees” o “venimos de los barcos”. Pruebas al canto, pregúntenle a nuestro ex presidente. Retomaremos esta cuestión ¡siempre!

Pero, ¿y si tal como sostiene Roberto Fernández Retamar en Calibán no hubiera “barbarie” y todo fuese una “engaña pichanga” “inventada con crudo cinismo por «quienes desean la tierra ajena»; los cuales, con igual desfachatez, daban el «nombre vulgar» de «civilización» al «estado actual» del hombre «de Europa o de la América europea»” (p.45)? Un “espejito de color” más a la lista histórica de “espejitos de colores” con los que aún nos encandilan… 

¿Y si, tal como aventura Rodolfo Kusch, la “barbarie” fuese lo reprimido de la “civilización” que, desde el fondo de nuestra presumida conciencia “que viene de los barcos” , retorna no “a nivel de individuo sino de su historia (…)? Sería algo así como una fuerza inconsciente (¿irracional”?, ¿bárbara”?) que “cuando en Argentina triunfa Rosas, se desahoga el resentimiento de los negros que lo respaldaban. Y si bien eso fue abortado, se repite el mismo fenómeno con Perón. Son fenómenos patológicos, pero que traen consigo un sentir de pueblo” (GH, p.43). Son los problemas que derivan de no querer (o poder) aceptar “el lado” oscuro (de la historia) de una Nación. Pero decir “oscuro” es ya estar posicionado en un extremo de “la grieta”. Porque no tiene por qué ser ese el “lado oscuro”. Salvo que… y así ad infinitum. Son los problemas que todavía surgen y nos acechan  cuando se niega a la familia y al terruño (que te toca, no se elige) … cuando no se es capaz de reconocer el ayllu.

¿Y si tuviera razón Don Arturo Jauretche, y el dilema “civilización y barbarie” no fuera más que la zoncera madre de toda una lista de zonceras que, en virtud de su carácter  axiomático, nos impide “pensar las cosas del país por la simple aplicación del buen sentido”? (p.5). Escuchemos al maestro cuando analiza el mensaje subliminal (sub-lingual) de “civilización y barbarie”:

“la idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna; enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quien abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América trasplantando el árbol y destruyendo lo indígena que podía ser obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa y no según América. La incomprensión de lo nuestro como hecho cultural o mejor dicho, el entenderlo como hecho anticultural, llevó al inevitable dilema: Todo hecho propio, por serlo, era bárbaro, y todo hecho ajeno, importado, por serlo, era civilizado. Civilizar, pues, consiste en desnacionalizar -si Nación y realidad son inseparables-” (p.9).

Despidámonos hasta el mes que viene con una pregunta. Porque al ayllu lo defendemos y enaltecemos desde la reflexión, el cuestionamiento, el diálogo y el encuentro.  

Marcos Olalla retoma a Arturo Roig para alertar acerca de una operatoria que, según yo, nos debiera de resultar muy familiar. Para Roig, en el Facundo hay dos momentos:  uno descriptivo-poético (hay barbarie, somos bárbares… con toda la literatura que Sarmiento virtuosamente produce al respecto) y uno proyectivo-utópico (hay que generar/promover/hacer civilización). La postulación de la dicotomía “civilización/barbarie” queda forjada (y fundamentada) a partir de la noción de “barbarie” porque es ésta última la que trae aparejada (porque lo lleva en su interior) “la fuerza” que preconfigura a estos dos opuestos como un ying-yang repelente y criollo: la violencia. “Hay que ser civilizades porque somos bárbaros” o “sólo dejaremos de ser bárbaros cuando seamos civilizades”. 

Inodoro Pereyra de Fontanarrosa

Sea como fuere que encaremos la cuestión, “la barbarie” (por violenta) siempre termina  legitimando, justificando o requiriendo el estado, momento o “forma de ser” opuesto: “la civilización” (que supuestamente ni es violenta ni supone violencia su incorporación). Pero por ello mismo, “la barbarie” termina ocupando un lugar central (fundante) en todo discurso civilizatorio como “condición”, “estado” o “forma de ser” que se debe destruir, rechazar o superar.

¿Y entonces? Afirmaba Sarmiento (más cerca de Parménides que de Hamlet): “de eso se trata: de ser o no ser salvaje” (p.39). Como si une efectiva y conscientemente pudiera elegir, ya como individue ya como nación, una parte de “ser” de ese dualismo ontológico con el cual “el padre del aula” lee el presente y el futuro de nuestra nación en ciernes. Como si une pudiera “negar” dialécticamente y a voluntad el momento anterior. Pero, ¿y si “la barbarie” fuese nuestra verdadera y legítima forma de ser? ¿Si se tratara de un monismo del que no tiene sentido salir porque no hay dónde salir?

El Negro Mazzochi

[1] La palabra “antinomia” proviene del griego y está formada por el prefijo “anti” (contra) y “nomos” (ley, norma jurídica). En filosofía, “antinomia” fue utilizado ya por Platón y Aristóteles para referirse, en el curso de un razonamiento, al surgimiento de dos juicios contradictorios.

[2] Argentina. 1811-1888. Docente, militar, escritor, periodista, político y prócer. Si quieren repasar su biografía, les remito a https://www.cultura.gob.ar/domingo-faustino-sarmiento-el-hombre-el-politico-el-escritor-el-viajer-10137/ o a https://www.youtube.com/watch?v=xXsSBuDxo1g&pp=ygUJc2FybWllbnRv

[3] Resulta interesante detenernos un momento en lo que nos señala Guillermo Cichello en “El macrismo en el dilema civilización y barbarie”: “digamos de este libro [Facundo] algo anecdótico –si se quiere-. Su capítulo inicial quiere explicar –con referencias científicas de segunda mano, muchas veces contradictorias y extravagantes- la barbarie y el atraso por las condiciones geográficas; de ahí, su detallada descripción del suelo pampeano. Pero resulta que cuando Sarmiento lo escribe no ha pisado en su vida ese territorio; no salió jamás de las provincias de Cuyo. Repetimos: los que han estudiado seriamente el asunto anotan que recién observa la pampa “con sus propios ojos” –si vale la expresión- cuando llega a Buenos Aires con el ejército de Urquiza siete años después. De modo que cabe la pregunta: si nunca estuvo allí ¿desde qué lugar escribe y explica “la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un pueblo”, que considera efecto de una tierra que nunca vio?, ¿desde dónde concibe los “caracteres, hábitos e ideas que engendra” una tierra que nunca pisó?”.

[4] Que es rústico, torpe, ignorante y/o lerdo.

“Al principio de la oración, se habla de «la raza negra», aclarando que ésta sólo perdura de manera significativa en Buenos Aires. Sin embargo, en las ciudades (¿Serán las otras trece «ciudades capitales de provincia» de las que se habla a continuación?) habitan zambos y mulatos, «eslabón que liga», o sea, raza intermediaria. ¿Es ésta la raza inclinada a la civilización, o es la negra? Si cotejamos diferentes textos escritos por Sarmiento en estos años, creo que hay que concluir que se refiere a los mulatos (…) En el Sarmiento de los años cuarenta, el mulato y el negro -aunque no siempre se articule con claridad- representan dos seres racial y culturalmente distintos. El negro, como el indio arauco-pampeano sin mezcla, son seres incapaces de evolucionar para (…) convertirse en responsables ciudadanos republicanos (el ideal tal como lo articularía Sarmiento). En cambio, el mulato funciona como un sujeto capaz de distinguirse por el mérito, o sea, un tipo social que puede aprovechar las oportunidades abiertas por la revolución democrática moderna y por el derrocamiento de las jerarquías del antiguo régimen. Para Sarmiento, el mulato es el tipo Benjamín Franklin proyectado al discurso de la raza” (Garrels, E. “Sobre indios afroamericanos y los racismos de Sarmiento” en https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/sobre-indios-afroamericanos-y-los-racismos-de-sarmiento/html/dcd6d148-2dc6-11e2-b417-000475f5bda5_3.html).

[5] Moreno, María Luz: “Civilización y Barbarie: una idea a revisar”. https://www.aacademica.org/maria.luz.moreno/15

[6] ¿Cómo sería tal Nación? Imaginemos. Les invito a comentar y disfrutar de su fantasía.

[7] “Dicotomía”: viene del griego y significa “división o separación en dos partes”. Etimológicamente, el término “dicho” puede traducirse como “en dos partes”; el sustantivo “tome”, significa “corte”; el sufijo “-ia”, se utiliza para indicar “cualidad”.

[8] Citemos a Laera nuevamente quien, a su vez, cita las precisiones de Michel Foucault acerca del surgimiento de la figura del “bárbaro” en el pensamiento del siglo XVIII: “resulta llamativo cómo el bárbaro, tal como lo termina de configurar Sarmiento en su libro, se adecua totalmente a ellas [las del autor francés]: «No hay bárbaro sin una civilización que procure destruir y apropiarse. El bárbaro es siempre el hombre que invade las fronteras de los Estados, quien choca contra las murallas de las ciudades.»; «El bárbaro es, en esencia, vector de otra cosa muy diferente del intercambio: es vector de dominación.»; «Y en la relación que mantiene con el poder, el bárbaro, a diferencia del salvaje, nunca cede su libertad». En efecto, Sarmiento cree encontrar al bárbaro en los caudillos federales, en los gauchos de la montonera y en los habitantes de la campaña, y advierte la expansión de la barbarie y el asalto a la ciudad en la figura de Rosas” (pp.24-25).

[9] Conjeturemos. Les invito a comentar y aguzar su perspicacia.

[10] ¿No les resuena una larga tradición de términos que nos revolotean incluso hoy día? “Modernizarse”, “ingresar al mundo”, etc. Invito a que amplíen.

[11] Que Cichello responda la pregunta que dejó picando: “qué paradójico resulta que un libro fundante de la narrativa nacional, una obra que «ha dado la estructura mental al país» (como dice Noé Jitrik), Sarmiento lo haya escrito desde la perspectiva de viajeros extranjeros [las crónicas de viaje de los ingleses Francis Head y del capitán de marina Joseph Andrews, entre otros]. Este gran relato sobre nuestra deplorable y atrasada condición nacional, se escribió adoptando el punto de vista de aquellos extranjeros que establecieron con nosotros una relación de dominación. De lo que se deduce que el colonialismo no es sólo la extracción de riqueza y el control territorial, sino fundamentalmente describir y apreciar el país y su gente desde la posición del colonizador. Cuando hoy día nos preguntamos cómo vastos sectores de la población pueden votar políticas que no producen en ellos sino quebrantos y favorecen intereses ajenos, deberíamos tener presentes esos viejos y eficaces mecanismos coloniales. De ahí que el enorme gesto emancipatorio implique considerarnos desde lo más real de nuestros intereses y condiciones, y ya no desde aspiraciones ideales y ajenas”.

[12] ¿A algune se le ocurre pensar en ejemplos posteriores? Recuerden. Les invito a comentar y disfrutar de su memoria.

[13] Movimiento intelectual, romántico anti-monárquico, de mediados del s.XIX integrado por: Echeverría, Gutiérrez, Alberdi y el mismo Sarmiento.

[14] Cuba, 1930 – 2019. Poeta, ensayista y crítico de la cultura y la literatura. En su obra crítica se dedica a distinguir los rasgos teóricos propios de la literatura latinoamericana. En la obra que acá citamos, Calibán (1971), Retamar ensaya una respuesta a la pregunta de si existe la cultura latinoamericana desde la asunción de la negatividad que nos marca históricamente a partir de la Conquista.

[15] Porque, no nos engañemos… tal como dice Retamar: “para Sarmiento, por su parte, la historia de América son ‘toldos de razas abyectas, un gran continente abandonado a los salvajes incapaces de progreso’. Si queremos saber cómo interpretaba él el apotegma [dicho moral, breve y sentencioso] de su compatriota Alberdi ‘gobernar es poblar’, es menester leerle esto: ‘Muchas dificultades ha de presentar la ocupación de país tan extenso; pero nada ha de ser comparable con las ventajas de la extinción de las tribus salvajes: es decir, para Sarmiento gobernar es también despoblar de indios (y de gauchos)” (pp.46-47).

[16] Reitero: ¿quién propone alguno? Les invito a comentar y disfrutar de tener que argumentar por escrito.

[17] Argentina. 1922 – 1979. Filósofo abocado a la recuperación y la revalorización antropológica y metafísica de lo popular y lo indígena como matrices geoculturales de una filosofía de cuño latinoamericano (en oposición al racionalismo occidental europeo que tan influyente fuera en los idearios nacionales de las elites del s. XIX y XX), su pensamiento y su obra han gozado de una larga e ilustre indiferencia por parte de las academias nacionales.

[18] En la obra que acá cito, Geocultura del hombre americano (1976), dice Kusch: ”la consistencia de América, su verdadero peso, es aún inconsciente, pero tomando esta palabra en el sentido de Levi-Strauss, sencillamente como no pensada aún” (GH, p.150).

[19] En latín, “hasta el infinito”.

[20] Argentina. 1901 – 1974. Abogado y escritor. Fue uno de los fundadores del grupo F.O.R.J.A. (Fuerza Orientación de la Joven Argentina). A partir de 1945 adhiere al peronismo. Supo convertirse en un representante del pensamiento nacional ineludible. El “día del pensamiento nacional” en Argentina se celebra el día de su nacimiento: 13 de noviembre. Les recomiendo amplia y fervientemente tres de sus libros: El medio pelo de la sociedad argentina (1966), Los profetas del odio y la yapa (1967) y Manual de zonceras argentinas (1972).

[21] A grandes rasgos es una duda, pero más específica y filosóficamente, es un argumento formado de dos premisas contrarias disyuntivamente, de manera que, si se niega o concede cualquiera de las dos, queda demostrado lo que se intenta probar.

[22] Argentina, 1922-2012. Filósofo integrante del movimiento también argentino “Filosofía de la liberación”. Volveremos a él.

[23] ¿Es muy osado (y poco riguroso) decir que algo de esta operatoria se sigue utilizando en los procesos eleccionarios? Como siempre, les invito a comentar y polemizar (en familia, respetuosamente y en paz).

[24] ¿Será posible que esa misma lógica subyacente admita, camaleonicamente, que la antinomia tome otros nombres, siempre y cuando la representación que la sustenta (“lo que hay supone violencia/atraso/pobreza, lo que viene es mejor”) no se altere?¿Qué ocurre si, por caso, tomamos como ejemplo: “libertad/colectivismo” o “capitalismo de libre empresa/socialismo empobrecedor” y luego arrancamos así?:

“Digo que occidente está en peligro justamente porque en aquellos países que debiéramos defender los valores del libre mercado, la propiedad privada, y las demás instituciones del libertarismo, sectores del establishment político y económico, algunos por errores en su marco teórico y otros por ambición de poder , están socavando los fundamentos del libertarismo, abriéndole las puertas al socialismo y condenándonos potencialmente a la pobreza, a la miseria y al estancamiento.

Porque nunca debe olvidarse que el socialismo es siempre y en todo lugar un fenómeno empobrecedor que fracasó en todos los países que se intentó. Fue un fracaso en lo económico. Fue un fracaso en lo social. Fue un fracaso en lo cultural. Y además asesinó a más de 100 millones de seres humanos.

El problema esencial de occidente hoy es que no sólo debemos enfrentarnos a quienes, aun luego de la caída del muro y la evidencia empírica abrumadora, siguen bregando por el socialismo empobrecedor; sino también a nuestros propios líderes, pensadores y académicos que, amparados en un marco teórico equivocado, socavan los fundamentos del sistema que nos ha dado la mayor expansión de riqueza y prosperidad de nuestra historia” (https://www.casarosada.gob.ar/informacion/discursos/50299-palabras-del-presidente-de-la-nacion-javier-milei-en-el-54-reunion-anual-del-foro-economico-mundial-de-davos).

[25] A grandes rasgos, la rama de la filosofía (de la metafísica, en verdad) que se dedica a indagar el “ser” como fundamento.

 

 

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